H. C.Lewis
sábado, 10 de julio de 2010
Google Video: Dangerous Knowledge 1 of 2
Vídeo enviado por correo electrónico |
| Dangerous Knowledge 1 of 2 02/12/2007 - 44:42 In this one-off documentary, David Malone looks at four brilliant mathematicians - Georg Cantor, Ludwig Boltzmann, Kurt Gödel and Alan Turing - whose genius has profoundly affected us, but wh... |
--
Buscar más vídeos en Google Video
viernes, 9 de julio de 2010
El caracter autoritario
El carácter autoritario
La Escuela de Frankfurt fundada en los años 30 por los filósofos Max Horkheimer, Theodor W. Adorno y Herbert Marcuse estimaba que la sociología no era ni una ciencia natural, ni del espíritu. En tanto "teoría crítica" está relacionada con las instituciones humanas, que una vez creadas se independizan de sus autores, que luego las perciben falsamente como "naturales".
Los científicos sociales que tuvieron que emigrar de la Alemania de Hitler se propusieron asir la entraña de lo que los había desterrado, es decir, la estructura político-psicológica de sus perseguidores: los nazis y sus simpatizantes. El equipo dirigido por Adorno tradujo las tesis centrales sobre el antisemitismo a expresiones coloquiales. Estas fueron revisadas empíricamente para determinar su idoneidad como indicadores de medición de actitudes enraizadas. De esta forma se obtuvo un instrumento para evaluar indirectamente el potencial autoritario de los investigados y la propensión a ser seducidos por la propaganda fascista.
Mediante una serie de procedimientos empíricos se obtuvo un material con el que se constituyeron tipos y síndromes. Se cristalizaron diferentes variantes de la personalidad autoritaria (el convencional, el rebelde, el psicópata, el chiflado y el manipulador), así como la versión opuesta, la del carácter relativamente libre de prejuicios (el rígido, el beligerante, el impulsivo, el desenfadado, libre de prejuicios y el liberal genuino).
Las tendencias autoritarias resultan de la "debilidad del ego". Cuanto menos capaces sean las personas de llevar una vida autónoma, cuanto más tienden a refugiarse en la protección de "grupos" y de sus líderes. En las crisis agitadores pueden convertir en sus seguidores a ejércitos de empleados, encaminando sus agresiones contra las minorías y contra "potencias foráneas". La disposición autoritaria —el síndrome de la bicicleta: agachándose arriba y pateando abajo— no se circunscribe a ningún lugar social. Son individuos de diversas nacionalidades, capas sociales y culturales, así como miembros de partidos de derecha o de izquierda. Por esta razón pudo continuarse en los años 40 en EE.UU. el estudio iniciado en Alemania sobre tendencias autoritarias. Los estudios sobre prejuicios editados por Horkheimer muestran lo que puede lograr la investigación social orientada en el psicoanálisis.
en esta pagina Ver página | Descargar PDF
- Cuba y la incongruencia estadounidense
Por Ricardo Trotti. Periodista - ¿Dónde quedó el Pacto Ético Electoral?
- Sobre el Día del Maestro
Por Francisco Miró Quesada C* - ¿Y la reforma judicial?
Por Samuel Abad Yupanqui. Constitucionalista - Demagogia agraria
Por Jaime de Althaus Guarderas
Conocimiento Peligroso...Miniserie de la BBC
Para ver el mundo en un grano de arena,
Y el Cielo en una flor silvestre,
Abarca el infinito en la palma de tu mano
Y la eternidad en una hora.
Aquel que se liga a una alegría
Hace esfumar el fluir de la vida;
Aquél quien besa la joya cuando esta cruza su camino
Vive en el amanecer de la eternidad.
William Blake (1757-1827)
Al comienzo del documental de la BBC Four le dedican esta poesía a Georg Cantor, quien intentó domar los infinitos y pago caro por eso.
La miniserie de dos capítulos cuenta la historia de 4 científicos que buscaron saber y llegar hasta el borde, que cuestionaron a la ciencia y , en alguna medida, ayudaron a que se caiga y a rehacerla.
Cantor, Boltzmann, Godel y Touring, todos terminaron medio locos (o locos del todo) el más triste es Touring que es obligado a un tratamiento para "curarse" la homosexualidad y termina suicidándose (los Bergoglios también estaban en ese tiempo) .
Es doblemente injusto lo de Touring ya que él salvó muchas vidas inglesa y aliadas al quebrar la máquina de códigos alemana en la segunda guerra y así descifrar los mensajes secretos del eje....El tipo era un patriota!!!
La historia de los cuatro, comenzando por Cantor que se aventuró con los infinitos, en:
http://partido-pirata.blogspot.com/search/label/godel
Para ver mientras esperamos al mundial...(o tal vez no).
Partido Pirata Argentino
Subcomisión de Homenaje Permanente a Cantor, Boltzmann, Godel y Touring.
domingo, 4 de julio de 2010
La ciencia y los paradigmas
La ciencia es el conocimiento que se puede probar por un metodo que se llama cientifico y no es absoluto, es falible y no terminado. Es un conocimiento de mundo que solo puede ser apreciado por los sentidos. Pero depende de un conjunto de ideas centrales paradigmas que nadie ha probado que sean verdad. Por eso Einstein cientifico se burlaba de la ciencia cuando alguien le queria darl el estatus de conocimiento final o terminado o total. O cuando alguien pretendia que con el metodo cientifico se podian resolver todos los problemas del conocimiento. El mundo le debe mucho al conocimiento cientifico, a la Fisica a las Matematicas, sin este conocimiento el mundo no hubiera progresado lo que lo ha hecho en lo que respecta su forma de vida. La ciencia no ha logrado terminar con la injusticia social porque ese no es un problema cientifico como creyeron los positivistas y como siguen creyendo muchos sociologos y antropologos pero ha logrado que ricos y pobres vivan mejor que lo que vivian antes. El paradigma de que el marxismo es un conocimiento cientifico es importante porque no nos permite salir de la pobreza material a pesar de que este paradigma fue construido para acabar con ella. Pensar que la historia tiene leyes inexorables que explican el avance de la misma sin importar la voluntad de las personas explica porque muchos sociologos de izquierda no puede abandonar sus conceptos. Porque creen dogmaticamente en este paradigma; no se atreven a cuestionarlo. Estan esperando que las leyes de la historia tan bien explicadas por Hegel y aplicadas por Marx lo resuelva todo. A lo mas aspiran a acelerar el funcionamiento de estas leyes que nadie ha probado que sean ciertas.
Lamentablemente los hombres de buen corazon, preocupados por la justicia social solo han contado con este paradigma para resolver este problema en buena parte del mundo y por mucho tiempo. A los que han intentado cuestionar este paradigma se les ha llamado conservadores, derecha,Leviathan, o que solo tratan de defender el poderio de una clase social. Todos estos conceptos derivan de este paradigma.
La falibilidad de la ciencia
Un artículo reciente en el periódico italiano "Corriere della Sera" discutía la naturaleza de la investigación científica. El escritor Angelo Panebianco argumentaba que la ciencia es, por definición, antidogmática, ya que procede por el experimento y el error y está basada en el principio de la falibilidad, la cual sostiene que el conocimiento humano nunca es absoluto y se encuentra en flujo constante. La ciencia solo se torna dogmática, asegura Panebianco, en el contexto de ciertas simplificaciones periodísticas que transforman lo que habían sido hipótesis prudentes en "verdades" establecidas.
La ciencia, empero, también corre el riesgo de hacerse dogmática cuando deja de cuestionar el paradigma aceptado de una cultura o edad particulares. Sea que sus ideas estén basadas en las de Darwin, Einstein o Copérnico, todos los científicos siguen un paradigma para eliminar teorías que surgen fuera de sus órbitas como la creencia de que el Sol gira en torno a la Tierra.
¿Cómo podemos conciliar la dependencia de la comunidad científica en los paradigmas con el hecho de que la innovación real ocurre solo cuando alguien logra crear dudas sobre las ideas dominantes de la época? ¿Acaso la ciencia no se está comportando dogmáticamente cuando se atrinchera tras los muros de un paradigma favorecido con el fin de defender su poder, y califica de herejes a quienes desafían su autoridad?
La pregunta reviste importancia. ¿Deben ser siempre defendidos o cuestionados los paradigmas? Una cultura (entendida como un sistema de costumbres y creencias heredadas que son compartidas por un grupo específico) no es meramente una acumulación de datos; es también el resultado de la filtración de datos. Cualquier cultura dada es capaz de deshacerse de lo que no encuentra útil o necesario. La historia de la civilización está construida sobre información que ha sido enterrada y olvidada.
En su cuento corto de 1942, "Funes el memorioso", Jorge Luis Borges nos habla de una persona que recuerda todo: cada hoja de cada árbol, cada ráfaga de viento, cada oración, cada palabra. Por esta misma razón, sin embargo, Funes es un idiota completo, un hombre inmovilizado por su incapacidad de seleccionar y descartar. Nosotros dependemos de nuestro subconsciente para olvidar. Si tenemos un problema, siempre podemos ir con un psicoanalista para recuperar cualesquiera recuerdos que habíamos descartado por error. Afortunadamente, el resto de ellos ha sido eliminado. Un alma es la continuidad de esta memoria selectiva. Si todos tuviéramos un alma como la de Funes, careceríamos de ella.
Una cultura opera en la misma forma. Sus paradigmas, que están hechos tanto de las cosas que hemos preservado como de nuestros tabúes relativos a lo que hemos descartado, son el resultado de la compartición de estas enciclopedias personales. Es con el trasfondo de esta enciclopedia colectiva como sostenemos nuestros debates. Para tener una discusión comprensible para todos debemos empezar desde los paradigmas existentes, aunque sea para demostrar que ya no son válidos. Sin su rechazo del paradigma ptolemaico entonces dominante, el argumento de Copérnico de que la Tierra gira en torno al Sol hubiera sido incomprensible.
Hoy día Internet es como Funes. Como una totalidad de contenido, no filtrada ni organizada, ofrece a cualquiera la capacidad de crear su propia enciclopedia o sistema de creencias. En tal contexto, una persona puede creer simultáneamente que el agua está compuesta por hidrógeno y oxígeno y que el Sol gira en torno a la Tierra. Teóricamente, es concebible que algún día vivamos en un mundo en el que haya siete mil millones de paradigmas diferentes, y en consecuencia la sociedad se vería reducida al diálogo fracturado de siete mil millones de personas, todas hablando un lenguaje diferente.
Afortunadamente, esta idea es solamente hipotética, pero el argumento en sí es posible precisamente porque la comunidad científica depende de ideas comúnmente aceptadas, sabiendo que para desvirtuar un paradigma es necesario primero tener un paradigma al que desvirtuar. La defensa de estos paradigmas puede llevar al dogmatismo, pero el desarrollo de conocimiento nuevo está basado precisamente en esta contradicción. Para evitar conclusiones apresuradas, estoy de acuerdo con el científico citado en el artículo de Panebianco: "No lo sé. Es un fenómeno complejo; tendré que estudiarlo".
(1899–1986)
Funes El Memorioso
(Artificios, 1944;
Ficciones, 1944)
Lo recuerdo (yo no tengo derecho a pronunciar ese verbo sagrado, sólo un hombre en la tierra tuvo derecho y ese hombre ha muerto) con una oscura pasionaria en la mano, viéndola como nadie la ha visto, aunque la mirara desde el crepúsculo del día hasta el de la noche, toda una vida entera. Lo recuerdo, la cara taciturna y aindiada y singularmente remota, detrás del cigarrillo. Recuerdo (creo) sus manos afiladas de trenzador. Recuerdo cerca de esas manos un mate, con las armas de la Banda Oriental; recuerdo en la ventana de la casa una estera amarilla, con un vago paisaje lacustre. Recuerdo claramente su voz; la voz pausada, resentida y nasal del orillero antiguo, sin los silbidos italianos de ahora. Más de tres veces no lo vi; la última, en 1887... Me parece muy feliz el proyecto de que todos aquellos que lo trataron escriban sobre él; mi testimonio será acaso el más breve y sin duda el más pobre, pero no el menos imparcial del volumen que editarán ustedes. Mi deplorable condición de argentino me impedirá incurrir en el ditirambo —género obligatorio en el Uruguay, cuando el tema es un uruguayo. Literato, cajetilla, porteño: Funes no dijo esas injuriosas palabras, pero de un modo suficiente me consta que yo representaba para él esas desventuras. Pedro Leandro Ipuche ha escrito que Funes era un precursor de los superhombres; "Un Zarathustra cimarrón y vernáculo"; no lo discuto, pero no hay que olvidar que era también un compadrito de Fray Bentos, con ciertas incurables limitaciones.
Mi primer recuerdo de Funes es muy perspicuo. Lo veo en un atardecer de marzo o febrero del año ochenta y cuatro. Mi padre, ese año, me había llevado a veranear a Fray Bentos. Yo volvía con mi primo Bernardo Haedo de la estancia de San Francisco. Volvíamos cantando, a caballo, y ésa no era la única circunstancia de mi felicidad. Después de un día bochornoso, una enorme tormenta color pizarra había escondido el cielo. La alentaba el viento del Sur, ya se enloquecían los árboles; yo tenía el temor (la esperanza) de que nos sorprendiera en un descampado el agua elemental. Corrimos una especie de carrera con la tormenta. Entramos en un callejón que se ahondaba entre dos veredas altísimas de ladrillo. Había oscurecido de golpe; oí rápidos y casi secretos pasos en lo alto; alcé los ojos y .vi un muchacho que corría por la estrecha y rota vereda como por una estrecha y rota pared. Recuerdo la bombacha, las alpargatas, recuerdo el cigarrillo en el duro rostro, contra el nubarrón ya sin límites. Bernardo le gritó imprevisiblemente: ¿Qué horas son, Ireneo? Sin consultar el cielo, sin detenerse, el otro respondió: Faltan cuatro mínutos para las ocho, joven Bernardo Juan Francisco. La voz era aguda, burlona.
Yo soy tan distraído que el diálogo que acabo de referir no me hubiera llamado la atención si no lo hubiera recalcado mi primo, a quien estimulaban (creo) cierto orgullo local, y el deseo de mostrarse indiferente a la réplica tripartita del otro.
Me dijo que el muchacho del callejón era un tal Ireneo Funes, mentado por algunas rarezas como la de no darse con nadie y la de saber siempre la hora, como un reloj. Agregó que era hijo de una planchadora del pueblo, María Clementina Funes, y que algunos decían que su padre era un médico del saladero, un inglés O'Connor, y otros un domador o rastreador del departamento del Salto. Vivía con su madre, a la vuelta de la quinta de los Laureles.
Los años ochenta y cinco y ochenta y seis veraneamos en la ciudad de Montevideo. El ochenta y siete volví a Fray Bentos. Pregunté, como es natural, por todos los conocidos y, finalmente, por el "cronométrico Funes". Me contestaron que lo había volteado un redomón en la estancia de San Francisco, y que había quedado tullido, sin esperanza. Recuerdo la impresión de incómoda magia que la noticia me produjo: la única vez que yo lo vi, veníamos a caballo de San Francisco y él andaba en un lugar alto; el hecho, en boca de mi primo Bernardo, tenía mucho de sueño elaborado con elementos anteriores. Me dijeron que no se movía del catre, puestos los ojos en.la higuera del fondo o en una telaraña. En los atardeceres, permitía que lo sacaran a la ventana. Llevaba la soberbia hasta el punto de simular que era benéfico el golpe que lo había fulminado... Dos veces lo vi atrás de la reja, que burdamente recalcaba su condición de eterno prisionero: una, inmóvil, con los ojos cerrados; otra, inmóvil también, absorto en la contemplación de un oloroso gajo de santonina.
No sin alguna vanagloria yo había iniciado en aquel tiempo el estudio metódico del latin. Mi valija incluía el De viris illustribus de Lhomond, el Thesaurus de Quicherat, los comentarios de Julio César y un volumen impar de la Naturalis historia de Plinio, que excedía (y sigue excediendo) mis módicas virtudes de latinista. Todo se propala en un pueblo chico; Ireneo, en su rancho de las orillas, no tardó en enterarse del arribo de esos libros anómalos. Me dirigió una carta florida y ceremoniosa, en la que recordaba nuestro encuentro, desdichadamente fugaz, "del día siete de febrero del año ochenta y cuatro", ponderaba los gloriosos servicios que don Gregorio Haedo, mi tío, finado ese mismo año, "había prestado a las dos patrias en la valerosa jornada de Ituzaingó", y me solicitaba el préstamo de cualquiera de los volúmenes, acompañado de un diccionario "para la buena inteligencia del texto original, porque todavía ignoro el latín". Prometía devolverlos en buen estado, casi inmediatamente. La letra era perfecta, muy perfilada; la ortografía, del tipo que Andrés Bello preconizó: i por y, j por g. Al principio, temí naturalmente una broma. Mis primos me aseguraron que no, que eran cosas de Ireneo. No supe si atribuir a descaro, a ignorancia o a estupidez la idea de que el arduo latín no requería más instrumento que un diccionario; para desengañarlo con plenitud le mandé el Gradus ad Parnassum de Quicherat. y la obra de Plinio:
El catorce de febrero me telegrafiaron de Buenos Aires que volviera inmediatamente, porque mi padre no estaba "nada bien". Dios me perdone; el prestigio de ser el destinatario de un telegrama urgente, el deseo de comunicar a todo Fray Bentos la contradicción entre la forma negativa de la noticia y el perentorio adverbio, la tentación de dramatizar mi dolor, fingiendo un viril estoicismo, tal vez me distrajeron de toda posibilidad de dolor. Al hacer la valija, noté que me faltaban el Gradus y el primer tomo de la Naturalis historia. El "Saturno" zarpaba al día siguiente, por la mañana; esa noche, después de cenar, me encaminé a casa de Funes. Me asombró que la noche fuera no menos pesada que el día.
En el decente rancho, la madre de Funes me recibió. Me dijo que Ireneo estaba en la pieza del fondo y que no me extrañara encontrarla a oscuras, porque Ireneo sabía pasarse las horas muertas sin encender la vela. Atravesé el patio de baldosa, el corredorcito; llegué al segundo patio. Había una parra; la oscuridad pudo parecerme total. Oí de pronto la alta y burlona voz de Ireneo. Esa voz hablaba en latín; esa voz (que venía de la tiniebla) articulaba con moroso deleite un discurso o plegaria o incantación. Resonaron las sílabas romanas en el patio de tierra; mi temor las creía indescifrables, interminables; después, en el enorme diálogo de esa noche, supe que formaban el primer párrafo del vigésimocuarto capítulo del libro séptimo de la Naturalis historia. La materia de ese capítulo es la memoria; las palabras últimas fueron ut nihil non usdem verbis redderetur auditum.
Sin el menor cambio de voz, Ireneo me dijo que pasara. Estaba en el catre, fumando. Me parece que no le vi la cara hasta el alba; creo rememorar el ascua momentánea del cigarrillo. La pieza olía vagamente a humedad. Me senté; repetí la historia del telegrama y de la enfermedad de mi padre. Arribo, ahora, al más dificil punto de mi relato. Este (bueno es que ya lo sepa el lector) no tiene otro argumento que ese diálogo de hace ya medio siglo. No trataré de reproducir sus palabras, irrecuperables ahora. Prefiero resumir con veracidad las muchas cosas que me dijo Ireneo. El estilo indirecto es remoto y débil; yo sé que sacrifico la eficacia de mi relato; que mis lectores se imaginen los entrecortados períodos que me abrumaron esa noche.
Ireneo empezó por enumerar, en latín y español, los casos de memoria prodigiosa registrados por la Naturalis historia: Ciro, rey de los persas, que sabía llamar por su nombre a todos los soldados de sus ejércitos; Mitrídates Eupator, que administraba la justicia en los 22 idiomas de su imperio; Simónides, inventor de la mnemotecnia; Metrodoro, que profesaba el arte de repetir con fidelidad lo escuchado una sola vez. Con evidente buena fe se maravilló de que tales casos maravillaran. Me dijo que antes de esa tarde lluviosa en que lo volteó el azulejo, él había sido lo que son todos los cristianos: un ciego, un sordo, un abombado, un desmemoriado. (Traté de recordarle su percepción exacta del tiempo, su memoria de nombres propios; no me hizo caso.) Diecinueve años había vivido como quien sueña: miraba sin ver, oía sin oír, se olvidaba de todo, de casi todo. Al caer, perdió el conocimiento; cuando lo recobró, el presente era casi intolerable de tan rico y tan nítido, y también las memorias más antiguas y más triviales. Poco después averiguó que estaba tullido. El hecho apenas le interesó. Razonó (sintió) que la inmovilidad era un precio mínimo. Ahora su percepción y su memoria eran infalibles.
Nosotros, de un vistazo, percibimos tres copas en una mesa; Funes, todos los vástagos y racimos y frutos que comprende una parra. Sabía las formas de las nubes australes del amanecer del treinta de abril de mil ochocientos ochenta y dos y podía compararlas en el recuerdo con las vetas de un libro en pasta española que sólo había mirado una vez y con las líneas de la espuma que un remo levantó en el Río Negro la víspera de la acción del Quebracho. Esos recuerdos no eran simples; cada imagen visual estaba ligada a sensaciones musculares, térmicas, etc. Podía reconstruir todos los sueños, todos los entresueños. Dos o tres veces había reconstruido un día entero; no había dudado nunca, pero cada reconstrucción había requerido un día entero. Me dijo: Más recuerdos tengo yo solo que los que habrán tenido todos los hombres desde que el mundo es mundo. Y también: Mis sueños son como 1a vigilia de ustedes. Y también, hacia el alba: Mi memoría, señor, es como vacíadero de basuras. Una circunferencia en un pizarrón, un triángulo rectángulo, un rombo, son formas que podemos intuir plenamente; lo mismo le pasaba a Ireneo con las aborrascadas crines de un potro, con una punta de ganado en una cuchilla, con el fuego cambiante y con la innumerable ceniza, con las muchas caras de un muerto en un largo velorio. No sé cuántas estrellas veía en el cielo.
Esas cosas me dijo; ni entonces ni después las he puesto en duda. En aquel tiempo no había cinematógrafos ni fonógrafos; es, sin embargo, inverosímil y hasta increíble que nadie hiciera un experimento con Funes. Lo cierto es que vivimos postergando todo lo postergable; tal vez todos sabemos profundamente que somos in—mortales y que tarde o temprano, todo hombre hará todas las cosas y sabrá todo.
La voz de Funes, desde la oscuridad, seguía hablando..
Me dijo que hacia 1886 había discurrido un sistema original de numeración y que en muy pocos días había rebasado el veinticuatro mil. No lo había escrito, porque lo pensado una sola vez ya no podía borrársele. Su primer estímulo, creo, fue el desagrado de que los treinta y tres orientales requirieran dos signos y tres palabras, en lugar de una sola palabra y un solo signo. Aplicó luego ese disparatado principio a los otros números. En lugar de siete mil trece, decía (por ejemplo) Máximo Pérez; en lugar de siete mil catorce, El Ferrocarril; otros números eran Luis Melián Lafinur, Olimar, azufre, los bastos, la ballena, gas, 1a caldera, Napoleón, Agustín vedia. En lugar de quinientos, decía nueve. Cada palabra tenía un signo particular, una especie marca; las últimas muy complicadas... Yo traté explicarle que esa rapsodia de voces inconexas era precisamente lo contrario sistema numeración. Le dije decir 365 tres centenas, seis decenas, cinco unidades; análisis no existe en los "números" El Negro Timoteo o manta de carne. Funes no me entendió o no quiso entenderme.
Locke, siglo XVII, postuló (y reprobó) idioma imposible en el que cada cosa individual, cada piedra, cada pájaro y cada rama tuviera nombre propio; Funes proyectó alguna vez un idioma análogo, pero lo desechó por parecerle demasiado general, demasiado ambiguo. En efecto, Funes no sólo recordaba cada hoja de cada árbol de cada monte, sino cada una de las veces que la había percibido o imaginado. Resolvió reducir cada una de sus jornadas pretéritas a unos setenta mil recuerdos, que definiría luego por cifras. Lo disuadieron dos consideraciones: la conciencia de que la tarea era interminable, la conciencia de que era inútil. Pensó que en la hora de la muerte no habría acabado aún de clasificar todos los recuerdos de la niñez.
Los dos proyectos que he indicado (un vocabulario infinito para serie natural de los números, un inútil catálogo mental de todas las imágenes del recuerdo) son insensatos, pero revelan cierta balbuciente grandeza. Nos dejan vislumbrar o inferir el vertiginoso mundo de Funes. Éste, no lo olvidemos, era casi incapaz de ideas generales, platónicas. No sólo le costaba comprender que el símbolo genérico perro abarcara tantos individuos dispares de diversos tamaños y diversa forma; le molestaba que el perro de las tres y catorce (visto de perfil) tuviera el mismo nombre que el perro de las tres y cuarto (visto de frente). Su propia cara en el espejo, sus propias manos, lo sorprendían cada vez. Refiere Swift que el emperador de Lilliput discernía el movimiento del minutero; Funes discernía continuamente los tranquilos avances de la corrupción, de las caries, de la fatiga. Notaba los progresos de la muerte, de la humedad. Era el solitario y lúcido espectador de un mundo multiforme, instantáneo y casi intolerablemente preciso. Babilonia, Londres y Nueva York han abrumado con feroz esplendor la imaginación de los hombres; nadie, en sus torres populosas o en sus avenidas urgentes, ha sentido el calor y la presión de una realidad tan infatigable como la que día y noche convergía sobre el infeliz Ireneo, en su pobre arrabal sudamericano. Le era muy difícil dormir. Dormir es distraerse del mundo; Funes, de espaldas en el catre, en la sombra, se figuraba cada grieta y cada moldura de las casas precisas que lo rodeaban. (Repito que el menos importante de sus recuerdos era más minucios y más vivo que nuestra percepción de un goce físico o de un tormento físico.) Hacia el Este, en un trecho no amanzanado, había casas nuevas, desconocidas. Funes las imaginaba negras, compactas, hechas de tiniebla homogénea; en esa dirección volvía la cara para dormir. También solía imaginarse en el fondo del río, mecido y anulado por la corriente.
Había aprendido sin esfuerzo el inglés, el francés, el portugués, el latín. Sospecho, sin embargo, que no era muy capaz de pensar. Pensar es olvidar diferencias, es generalizar, abstraer. En el abarrotado mundo de Funes no había sino detalles, casi inmediatos.
La recelosa claridad de la madrugada entró por el patio de tierra.
Entonces vi la cara de la voz que toda la noche había hablado. Ireneo tenía diecinueve años; había nacido en 1868; me pareció monumental como el bronce, más antiguo que Egipto, anterior a las profecías y a las pirámides. Pensé que cada una de mis palabras (que cada uno de mis gestos) perduraría en su implacable memoria; me entorpeció el temor de multiplicar ademanes inútiles.
Ireneo Funes murió en 1889, de una congestión pulmonar.
Raymond Aron
Angelo Panebianco (*) Traducción del italiano: Israel Covarrubias González.
Autor poliédrico, Raymond Aron nos ha dejado una inmensa obra que va de la filosofía a la ciencia política, de la historia de la sociología al análisis crítico de las ideologías, de la teoría de las relaciones internacionales a los estudios estratégicos. Digamos que el Aron "científico" puso siempre al lado del trabajo académico una intensa actividad periodística, predominantemente dedicada al análisis y al comentario de la política internacional de su tiempo. Por consiguiente, también en su trabajo ensayístico pudo darle un gran espacio a un género que él definiría como "historiografía del presente", es decir, el análisis de las vicisitudes internacionales del siglo XX (1). La fama de editorialista (de 1947 a 1977 en Le Figaro y después en Express), y su decisión de dedicar tantos esfuerzos al estudio de la política mundial del siglo XX, indujeron frecuentemente a los lectores que tenían poca familiaridad con su pensamiento a intercambiar su historiografía del presente por una suerte de "periodismo culto": análisis brillantes del mundo contemporáneo, siempre inteligentes e informados, pero en el fondo carentes de aquella solidez y de aquel rigor que se espera y se pretende de los científicos sociales. Sobre todo, aquel mundo académico que, al menos una parte, lo recuperaría después de su muerte (2), definía a Raymond Aron en vida, más que nada como un culto observador de la vida pública, un agudo analista de la política internacional, cuya pretensión sociológica, sin embargo, era solo una vaga y superada "filosofía social", carente de algún valor científico y, en cualquier modo, distante por contenidos y método, de los estándares exigidos en los departamentos de ciencias sociales. Sin embargo, esta imagen de Aron, aún muy difundida, es errada. El analista de la política internacional contemporánea fue, en efecto, un pensador original que concebía a la historiografía del presente como un aspecto de una más amplia indagación sociológico-política sobre las instituciones y las vicisitudes del siglo XX, y que utilizaba en cada uno de sus estudios un método de investigación y una visión de las tareas (y de los límites) de la ciencia social, en la cual personalmente se había forjado en el transcurso de los decenios, meditando sobre las lecciones de los clásicos del pensamiento político y sociológico, con el resultado de que su "sociología", estando dotada de sólidos fundamentos, ha mostrado a la distancia no sufrir la usura del tiempo que inexorablemente golpea a tantos estudios académicos y tantas teorías sociales en boga en su época. Para comprender al Aron sociólogo político, primero es necesario comprender al Arón filósofo de las ciencias sociales, es decir, es necesario conocer las conclusiones a las cuales llega su investigación conducida en los años treinta del siglo XX sobre las posibilidades y los límites del conocimiento histórico-social (3). Una línea roja une los estudios que Aron llevará a cabo, durante y después de su estancia en Alemania a principios de los años treinta sobre la filosofía de las ciencias histórico-sociales, y su obra como sociólogo político y de analista de la política internacional de la segunda posguerra. Será en su Introduction à la philosophie de l'histoire de 1938, en donde Aron pondrá a punto una concepción del papel de las ciencias sociales, y de la relación entre el científico social y la política, que desde ese entonces quedará, en lo esencial, siempre fiel. En aquella obra, inspirándose críticamente en Wilhelm Dilthey y sobre todo en Max Weber, Aron recupera la tesis fundamental del historicismo alemán sobre las diferencias entre ciencias de la cultura y ciencias de la naturaleza, exalta la centralidad de la "comprensión" en las ciencias del hombre, desmonta las pretensiones científicas de las filosofías de la historia en su vertiente hegeliano-marxista, spengleriana o comtiana. Pero sobre todo, lo que más cuenta para nuestros fines, es su propuesta de una concepción original (para su tiempo y para la cultura académica francesa hacia la cual Aron se dirige) de las tareas de la ciencia social. Dado que los éxitos históricos son indeterminados, y dado que los actores históricos modifican el curso de la historia con sus decisiones y sus acciones, la tarea del científico social es aquella de favorecer decisiones "razonables". Poniendo a disposición de los actores, estadistas o simples ciudadanos, el conocimiento acumulado sobre los "determinismos parciales" (las regularidades descubiertas en los comportamientos o en las interacciones sociales), el científico social puede ayudar al hombre de acción a tomar conocimiento de los vínculos en los cuales se encontrará su actuación y a hacer un buen uso, es decir, un uso razonable, de su libertad de decisión. En la base de esta concepción existe un doble rechazo: de la visión prometeica de la ciencia social, propia del positivismo, que sueña con una política "científica", una política guiada por la ciencia, y de los éxitos nihilistas del pensamiento de Max Weber, para el cual las decisiones políticas son puras elecciones de valor, arbitrarias e irracionales. Conciencia sobre los límites del saber científico-social, énfasis sobre la libertad, no obstante que no es ilimitada, de los actores históricos, visión de la ciencia social como un humilde instrumento de servicio: en la Introduction está delineado implícitamente un programa de trabajo. En su actividad posterior de estudioso, Aron se esforzará para quedarse fiel a lo que interpreta, sin énfasis, acaso con modestia, como su vocación, su misión: estudiar la política de su tiempo con los instrumentos de las ciencias sociales, con el objetivo de favorecer una comprensión del presente que permita a los ciudadanos orientarse y a los hombres de Estado tomar decisiones razonables. En toda su obra, los nombres de algunos pensadores clásicos serán constantes. Así, surge el nombre de Auguste Comte, del cual Aron rechaza la filosofía de la historia (la "ley de los tres estadios") pero del cual recupera la pionera descripción de la "sociedad industrial" y la idea de que con el industrialismo se ha producido una radical fractura en la historia de las sociedades humanas. Surge el nombre de Karl Marx, del cual Aron, inflexible adversario del marxismo, reconoce sin embargo la genialidad y también la perdurable utilidad de su pensamiento, de ciertas intuiciones sobre el funcionamiento de la sociedad capitalista. Surge el nombre de Tucídides, cuya reconstrucción histórica del gran conflicto entre Atenas y Esparta es una fuente de inspiración continua para el Aron estudioso de las guerras del siglo XX. Aron admirará sobre todo la capacidad de Tucídides para representar el drama histórico sin olvidar la acción causal de los factores, diríamos hoy, macro-sociológicos (la herencia histórica, las características sociales y políticas de las ciudades griegas en lucha) pero, al mismo tiempo, sin perder de vista la importancia de las elecciones, de las decisiones que los hombres toman en el curso de la guerra y que contribuyen a determinar su éxito. A Tucídides (pero también a Maquiavelo) (4), Arón se refiere con gusto cuando quiere subrayar el carácter perenne de los dos problemas políticos que los hombres deben afrontar: el problema del mantenimiento del orden en el interior de la ciudad y el problema de las relaciones entre las ciudades. Naturalmente, surgirá también el nombre de Max Weber. Con el pensamiento de Weber, Aron dialogará toda la vida, pero es errónea la interpretación que se hace de Aron al definirlo simplemente como un sociólogo "weberiano", un epígono de Weber. De Weber, Aron adopta algunos aspectos de la su metodología, también si no encuentra satisfactorias todas las soluciones indicadas por el sociólogo alemán: no comparte, por ejemplo, la conexión que Weber estipula entre explicación "comprensiva" y explicación causal. Sobre todo critica enérgicamente la clara distinción de Weber entre los hechos y los valores, y no está dispuesto a seguirlo sobre la dirección, radicalmente anti-iluminista, de la negación de la existencia de un fundamento racional de las decisiones políticas. Finalmente, surgirá el nombre de Alexis de Tocqueville. Más que Weber, Aron es acaso un alumno de Tocqueville y de Montesquieu (5). En ambos se inspirará su sociología histórica y, en parte, su método de análisis. Del segundo recuperará el gusto y la capacidad de valorizar la gran variabilidad de las experiencias históricas, los distintos modos de organización de las sociedades humanas. Del primero, recoge el dilema fundamental: la democracia es el destino de la sociedad moderna, pero depende de las elecciones de los hombres el hecho de que la democracia sea despótica o liberal. De ambos (más que de Weber), recupera la idea de la centralidad de la política, la idea que la política, lejos de ser "determinada" por otros factores (las relaciones sociales, económicas, etcétera), mantiene siempre su robusta autonomía y que es precisamente por aquello que sucede en la esfera política lo que condicionará enormemente la organización de la sociedad. Por ejemplo, la "sociedad industrial" manifiesta ciertas uniformidades dictadas por las exigencias de la producción, tanto en el Occidente capitalista como en la Unión Soviética. Las diferencias más importantes entre los dos tipos de sociedad dependen de las distintas ideologías y de las distintas organizaciones del sistema político. Raymond Aron fue un defensor de aquella sociedad liberal occidental, a la cual -no obstante- encontraba muchos defectos, y fue también un adversario del totalitarismo. Pero entre los pensadores liberales del siglo XX, Aron es aquel que ha invertido más esfuerzos intelectuales en el estudio de la guerra (6). En general, los teóricos liberales se mantienen alejados de este tema. La razón principal es que la guerra representa un desafío, y una amenaza permanente para las libertades que los liberales defienden. Estudiando las guerras del siglo XX, Aron quiso también explicar por qué las libertades siempre están amenazadas por la anarquía internacional, por qué las "promesas" del liberalismo solamente se pueden mantener en una mínima parte. La incesante competición entre los Estados, el hecho de que las relaciones entre las "ciudades" se desarrollen perennemente "a la sombra de la guerra", son formidables obstáculos para el completo despliegue de las libertades en cada ciudad en particular. Por ejemplo, no obstante que simpatizaba con muchos aspectos del pensamiento de Friedrich von Hayek, Aron le reprochaba al que quizás sea el mayor teórico social liberal del siglo XX, haberse desinteresado por el desafío representado en los conflictos interestatales por el orden "espontáneo" de la sociedad libre, volviéndose de esta manera muy poco realista su teoría (7). Para terminar, es importante subrayar la importancia que Aron atribuía, en su interpretación de la historia del siglo XX, a las discontinuidades históricas producidas por el advenimiento de la sociedad industrial y por las modernas ideologías, unida sin embargo también a la conciencia de la imposibilidad de eliminar ciertas constantes (in primis, el papel de la guerra, y sus éxitos, en la determinación de los desenvolvimientos de la historia). Con relación al método de análisis, se aclara eso que Aron entiende cuando defiende la idea de que el estudioso deba saber mantener, en la explicación de los éxitos históricos, un equilibrio entre la consideración de las determinantes "macro-sociológicas" y el peso que tienen las convicciones y las decisiones de los individuos. De aquí, surge nítidamente el cuadro en cuyo interior, según Aron, se desarrollan las luchas y los dramas humanos, aquella mezcolanza de necesidad y de libertad que deja abierto el futuro, la auténtica libertad de elección de los hombres, no obstante que esté influenciada por las condiciones históricas y por la historia misma ?como le gustaba repetir a Aron?, hecha de hombres que no siempre saben qué historia están haciendo.
Notas (*) Profesor de Ciencia Política de la Universidad de Boloña (Italia). | |
Funes el memorioso
| ||
|
