H. C.Lewis

La esencia de la Religion no es creer en la existencia de Dios o en el mas alla.

domingo, 4 de julio de 2010

Funes el memorioso

Jorge Luis Borges
(1899–1986)


Funes El Memorioso
(Artificios, 1944;
Ficciones, 1944)




         Lo recuerdo (yo no tengo derecho a pronunciar ese verbo sagrado, sólo un hombre en la tierra tuvo derecho y ese hombre ha muerto) con una oscura pasionaria en la mano, viéndola como nadie la ha visto, aunque la mirara desde el crepúsculo del día hasta el de la noche, toda una vida entera. Lo recuerdo, la cara taciturna y aindiada y singularmente remota, detrás del cigarrillo. Recuerdo (creo) sus manos afiladas de trenzador. Recuerdo cerca de esas manos un mate, con las armas de la Banda Oriental; recuerdo en la ventana de la casa una estera amarilla, con un vago paisaje lacustre. Recuerdo claramente su voz; la voz pausada, resentida y nasal del orillero antiguo, sin los silbidos italianos de ahora. Más de tres veces no lo vi; la última, en 1887... Me parece muy feliz el proyecto de que todos aquellos que lo trataron escriban sobre él; mi testimonio será acaso el más breve y sin duda el más pobre, pero no el menos imparcial del volumen que editarán ustedes. Mi deplorable condición de argentino me impedirá incurrir en el ditirambo —género obligatorio en el Uruguay, cuando el tema es un uruguayo. Literato, cajetilla, porteño: Funes no dijo esas injuriosas palabras, pero de un modo suficiente me consta que yo representaba para él esas desventuras. Pedro Leandro Ipuche ha escrito que Funes era un precursor de los superhombres; "Un Zarathustra cimarrón y vernáculo"; no lo discuto, pero no hay que olvidar que era también un compadrito de Fray Bentos, con ciertas incurables limitaciones.
         Mi primer recuerdo de Funes es muy perspicuo. Lo veo en un atardecer de marzo o febrero del año ochenta y cuatro. Mi padre, ese año, me había llevado a veranear a Fray Bentos. Yo volvía con mi primo Bernardo Haedo de la estancia de San Francisco. Volvíamos cantando, a caballo, y ésa no era la única circunstancia de mi felicidad. Después de un día bochornoso, una enorme tormenta color pizarra había escondido el cielo. La alentaba el viento del Sur, ya se enloquecían los árboles; yo tenía el temor (la esperanza) de que nos sorprendiera en un descampado el agua elemental. Corrimos una especie de carrera con la tormenta. Entramos en un callejón que se ahondaba entre dos veredas altísimas de ladrillo. Había oscurecido de golpe; oí rápidos y casi secretos pasos en lo alto; alcé los ojos y .vi un muchacho que corría por la estrecha y rota vereda como por una estrecha y rota pared. Recuerdo la bombacha, las alpargatas, recuerdo el cigarrillo en el duro rostro, contra el nubarrón ya sin límites. Bernardo le gritó imprevisiblemente: ¿Qué horas son, Ireneo? Sin consultar el cielo, sin detenerse, el otro respondió: Faltan cuatro mínutos para las ocho, joven Bernardo Juan Francisco. La voz era aguda, burlona.
         Yo soy tan distraído que el diálogo que acabo de referir no me hubiera llamado la atención si no lo hubiera recalcado mi primo, a quien estimulaban (creo) cierto orgullo local, y el deseo de mostrarse indiferente a la réplica tripartita del otro.
         Me dijo que el muchacho del callejón era un tal Ireneo Funes, mentado por algunas rarezas como la de no darse con nadie y la de saber siempre la hora, como un reloj. Agregó que era hijo de una planchadora del pueblo, María Clementina Funes, y que algunos decían que su padre era un médico del saladero, un inglés O'Connor, y otros un domador o rastreador del departamento del Salto. Vivía con su madre, a la vuelta de la quinta de los Laureles.
         Los años ochenta y cinco y ochenta y seis veraneamos en la ciudad de Montevideo. El ochenta y siete volví a Fray Bentos. Pregunté, como es natural, por todos los conocidos y, finalmente, por el "cronométrico Funes". Me contestaron que lo había volteado un redomón en la estancia de San Francisco, y que había quedado tullido, sin esperanza. Recuerdo la impresión de incómoda magia que la noticia me produjo: la única vez que yo lo vi, veníamos a caballo de San Francisco y él andaba en un lugar alto; el hecho, en boca de mi primo Bernardo, tenía mucho de sueño elaborado con elementos anteriores. Me dijeron que no se movía del catre, puestos los ojos en.la higuera del fondo o en una telaraña. En los atardeceres, permitía que lo sacaran a la ventana. Llevaba la soberbia hasta el punto de simular que era benéfico el golpe que lo había fulminado... Dos veces lo vi atrás de la reja, que burdamente recalcaba su condición de eterno prisionero: una, inmóvil, con los ojos cerrados; otra, inmóvil también, absorto en la contemplación de un oloroso gajo de santonina.
         No sin alguna vanagloria yo había iniciado en aquel tiempo el estudio metódico del latin. Mi valija incluía el De viris illustribus de Lhomond, el Thesaurus de Quicherat, los comentarios de Julio César y un volumen impar de la Naturalis historia de Plinio, que excedía (y sigue excediendo) mis módicas virtudes de latinista. Todo se propala en un pueblo chico; Ireneo, en su rancho de las orillas, no tardó en enterarse del arribo de esos libros anómalos. Me dirigió una carta florida y ceremoniosa, en la que recordaba nuestro encuentro, desdichadamente fugaz, "del día siete de febrero del año ochenta y cuatro", ponderaba los gloriosos servicios que don Gregorio Haedo, mi tío, finado ese mismo año, "había prestado a las dos patrias en la valerosa jornada de Ituzaingó", y me solicitaba el préstamo de cualquiera de los volúmenes, acompañado de un diccionario "para la buena inteligencia del texto original, porque todavía ignoro el latín". Prometía devolverlos en buen estado, casi inmediatamente. La letra era perfecta, muy perfilada; la ortografía, del tipo que Andrés Bello preconizó: i por y, j por g. Al principio, temí naturalmente una broma. Mis primos me aseguraron que no, que eran cosas de Ireneo. No supe si atribuir a descaro, a ignorancia o a estupidez la idea de que el arduo latín no requería más instrumento que un diccionario; para desengañarlo con plenitud le mandé el Gradus ad Parnassum de Quicherat. y la obra de Plinio:
         El catorce de febrero me telegrafiaron de Buenos Aires que volviera inmediatamente, porque mi padre no estaba "nada bien". Dios me perdone; el prestigio de ser el destinatario de un telegrama urgente, el deseo de comunicar a todo Fray Bentos la contradicción entre la forma negativa de la noticia y el perentorio adverbio, la tentación de dramatizar mi dolor, fingiendo un viril estoicismo, tal vez me distrajeron de toda posibilidad de dolor. Al hacer la valija, noté que me faltaban el Gradus y el primer tomo de la Naturalis historia. El "Saturno" zarpaba al día siguiente, por la mañana; esa noche, después de cenar, me encaminé a casa de Funes. Me asombró que la noche fuera no menos pesada que el día.
         En el decente rancho, la madre de Funes me recibió. Me dijo que Ireneo estaba en la pieza del fondo y que no me extrañara encontrarla a oscuras, porque Ireneo sabía pasarse las horas muertas sin encender la vela. Atravesé el patio de baldosa, el corredorcito; llegué al segundo patio. Había una parra; la oscuridad pudo parecerme total. Oí de pronto la alta y burlona voz de Ireneo. Esa voz hablaba en latín; esa voz (que venía de la tiniebla) articulaba con moroso deleite un discurso o plegaria o incantación. Resonaron las sílabas romanas en el patio de tierra; mi temor las creía indescifrables, interminables; después, en el enorme diálogo de esa noche, supe que formaban el primer párrafo del vigésimocuarto capítulo del libro séptimo de la Naturalis historia. La materia de ese capítulo es la memoria; las palabras últimas fueron ut nihil non usdem verbis redderetur auditum.
         Sin el menor cambio de voz, Ireneo me dijo que pasara. Estaba en el catre, fumando. Me parece que no le vi la cara hasta el alba; creo rememorar el ascua momentánea del cigarrillo. La pieza olía vagamente a humedad. Me senté; repetí la historia del telegrama y de la enfermedad de mi padre. Arribo, ahora, al más dificil punto de mi relato. Este (bueno es que ya lo sepa el lector) no tiene otro argumento que ese diálogo de hace ya medio siglo. No trataré de reproducir sus palabras, irrecuperables ahora. Prefiero resumir con veracidad las muchas cosas que me dijo Ireneo. El estilo indirecto es remoto y débil; yo sé que sacrifico la eficacia de mi relato; que mis lectores se imaginen los entrecortados períodos que me abrumaron esa noche.
         Ireneo empezó por enumerar, en latín y español, los casos de memoria prodigiosa registrados por la Naturalis historia: Ciro, rey de los persas, que sabía llamar por su nombre a todos los soldados de sus ejércitos; Mitrídates Eupator, que administraba la justicia en los 22 idiomas de su imperio; Simónides, inventor de la mnemotecnia; Metrodoro, que profesaba el arte de repetir con fidelidad lo escuchado una sola vez. Con evidente buena fe se maravilló de que tales casos maravillaran. Me dijo que antes de esa tarde lluviosa en que lo volteó el azulejo, él había sido lo que son todos los cristianos: un ciego, un sordo, un abombado, un desmemoriado. (Traté de recordarle su percepción exacta del tiempo, su memoria de nombres propios; no me hizo caso.) Diecinueve años había vivido como quien sueña: miraba sin ver, oía sin oír, se olvidaba de todo, de casi todo. Al caer, perdió el conocimiento; cuando lo recobró, el presente era casi intolerable de tan rico y tan nítido, y también las memorias más antiguas y más triviales. Poco después averiguó que estaba tullido. El hecho apenas le interesó. Razonó (sintió) que la inmovilidad era un precio mínimo. Ahora su percepción y su memoria eran infalibles.
         Nosotros, de un vistazo, percibimos tres copas en una mesa; Funes, todos los vástagos y racimos y frutos que comprende una parra. Sabía las formas de las nubes australes del amanecer del treinta de abril de mil ochocientos ochenta y dos y podía compararlas en el recuerdo con las vetas de un libro en pasta española que sólo había mirado una vez y con las líneas de la espuma que un remo levantó en el Río Negro la víspera de la acción del Quebracho. Esos recuerdos no eran simples; cada imagen visual estaba ligada a sensaciones musculares, térmicas, etc. Podía reconstruir todos los sueños, todos los entresueños. Dos o tres veces había reconstruido un día entero; no había dudado nunca, pero cada reconstrucción había requerido un día entero. Me dijo: Más recuerdos tengo yo solo que los que habrán tenido todos los hombres desde que el mundo es mundo. Y también: Mis sueños son como 1a vigilia de ustedes. Y también, hacia el alba: Mi memoría, señor, es como vacíadero de basuras. Una circunferencia en un pizarrón, un triángulo rectángulo, un rombo, son formas que podemos intuir plenamente; lo mismo le pasaba a Ireneo con las aborrascadas crines de un potro, con una punta de ganado en una cuchilla, con el fuego cambiante y con la innumerable ceniza, con las muchas caras de un muerto en un largo velorio. No sé cuántas estrellas veía en el cielo.
         Esas cosas me dijo; ni entonces ni después las he puesto en duda. En aquel tiempo no había cinematógrafos ni fonógrafos; es, sin embargo, inverosímil y hasta increíble que nadie hiciera un experimento con Funes. Lo cierto es que vivimos postergando todo lo postergable; tal vez todos sabemos profundamente que somos in—mortales y que tarde o temprano, todo hombre hará todas las cosas y sabrá todo.
         La voz de Funes, desde la oscuridad, seguía hablando..
         Me dijo que hacia 1886 había discurrido un sistema original de numeración y que en muy pocos días había rebasado el veinticuatro mil. No lo había escrito, porque lo pensado una sola vez ya no podía borrársele. Su primer estímulo, creo, fue el desagrado de que los treinta y tres orientales requirieran dos signos y tres palabras, en lugar de una sola palabra y un solo signo. Aplicó luego ese disparatado principio a los otros números. En lugar de siete mil trece, decía (por ejemplo) Máximo Pérez; en lugar de siete mil catorce, El Ferrocarril; otros números eran Luis Melián Lafinur, Olimar, azufre, los bastos, la ballena, gas, 1a caldera, Napoleón, Agustín vedia. En lugar de quinientos, decía nueve. Cada palabra tenía un signo particular, una especie marca; las últimas muy complicadas... Yo traté explicarle que esa rapsodia de voces inconexas era precisamente lo contrario sistema numeración. Le dije decir 365 tres centenas, seis decenas, cinco unidades; análisis no existe en los "números" El Negro Timoteo o manta de carne. Funes no me entendió o no quiso entenderme.
         Locke, siglo XVII, postuló (y reprobó) idioma imposible en el que cada cosa individual, cada piedra, cada pájaro y cada rama tuviera nombre propio; Funes proyectó alguna vez un idioma análogo, pero lo desechó por parecerle demasiado general, demasiado ambiguo. En efecto, Funes no sólo recordaba cada hoja de cada árbol de cada monte, sino cada una de las veces que la había percibido o imaginado. Resolvió reducir cada una de sus jornadas pretéritas a unos setenta mil recuerdos, que definiría luego por cifras. Lo disuadieron dos consideraciones: la conciencia de que la tarea era interminable, la conciencia de que era inútil. Pensó que en la hora de la muerte no habría acabado aún de clasificar todos los recuerdos de la niñez.
         Los dos proyectos que he indicado (un vocabulario infinito para serie natural de los números, un inútil catálogo mental de todas las imágenes del recuerdo) son insensatos, pero revelan cierta balbuciente grandeza. Nos dejan vislumbrar o inferir el vertiginoso mundo de Funes. Éste, no lo olvidemos, era casi incapaz de ideas generales, platónicas. No sólo le costaba comprender que el símbolo genérico perro abarcara tantos individuos dispares de diversos tamaños y diversa forma; le molestaba que el perro de las tres y catorce (visto de perfil) tuviera el mismo nombre que el perro de las tres y cuarto (visto de frente). Su propia cara en el espejo, sus propias manos, lo sorprendían cada vez. Refiere Swift que el emperador de Lilliput discernía el movimiento del minutero; Funes discernía continuamente los tranquilos avances de la corrupción, de las caries, de la fatiga. Notaba los progresos de la muerte, de la humedad. Era el solitario y lúcido espectador de un mundo multiforme, instantáneo y casi intolerablemente preciso. Babilonia, Londres y Nueva York han abrumado con feroz esplendor la imaginación de los hombres; nadie, en sus torres populosas o en sus avenidas urgentes, ha sentido el calor y la presión de una realidad tan infatigable como la que día y noche convergía sobre el infeliz Ireneo, en su pobre arrabal sudamericano. Le era muy difícil dormir. Dormir es distraerse del mundo; Funes, de espaldas en el catre, en la sombra, se figuraba cada grieta y cada moldura de las casas precisas que lo rodeaban. (Repito que el menos importante de sus recuerdos era más minucios y más vivo que nuestra percepción de un goce físico o de un tormento físico.) Hacia el Este, en un trecho no amanzanado, había casas nuevas, desconocidas. Funes las imaginaba negras, compactas, hechas de tiniebla homogénea; en esa dirección volvía la cara para dormir. También solía imaginarse en el fondo del río, mecido y anulado por la corriente.
         Había aprendido sin esfuerzo el inglés, el francés, el portugués, el latín. Sospecho, sin embargo, que no era muy capaz de pensar. Pensar es olvidar diferencias, es generalizar, abstraer. En el abarrotado mundo de Funes no había sino detalles, casi inmediatos.
         La recelosa claridad de la madrugada entró por el patio de tierra.
         Entonces vi la cara de la voz que toda la noche había hablado. Ireneo tenía diecinueve años; había nacido en 1868; me pareció monumental como el bronce, más antiguo que Egipto, anterior a las profecías y a las pirámides. Pensé que cada una de mis palabras (que cada uno de mis gestos) perduraría en su implacable memoria; me entorpeció el temor de multiplicar ademanes inútiles.
         Ireneo Funes murió en 1889, de una congestión pulmonar.



Funes el memorioso


-FUNES EL MEMORIOSO-

de Jorge Luis Borges.

 

 

 

 

I. Resume el contenido.

 

El narrador cuenta sus recuerdos sobre Funes.

Apenas lo vio tres veces. La primera vez lo vio cuando iba a caballo con su primo corriendo para que no les alcanzara la tormenta. Cuando llegaron a un callejón su primo le pregunta la hora a Funes, y éste se la dice exactamente sin mirar ni un reloj ni el cielo. El narrador no presta importancia a esto.

No lo volvió a ver hasta unos tres años más tarde cuando volvió al pueblo. El narrador había iniciado estudios de latín y llevó varios libros allí. Éste se sorprendió cuando Funes, que había tenido una accidente que lo había dejado postrado en la cama , le escribió una carta en la que le pedía algún libro de esos y un diccionario para traducir.

Se los llevó . Pero el narrador recibió un telegrama urgente que le instaba a volver a Buenos Aires y Funes aún no le había devuelto los libros por lo que tuvo que ir a recogerlos. Allí pasó la noche escuchando a Funes.

Funes le habló de su gran memoria, de la enorme cantidad de recuerdos que poseía y de sus intentos o proyectos en realizar un vocabulario infinito para la serie natural de los números y hacer un catálogo mental de todas las imágenes del recuerdo, ambos frustrados.

Funes murió muy joven.

 

 

 

II. ¿Cómo te imaginas el personaje de Funes?

 

-Sensaciones.

 

Imagino que tendría pocas sensaciones de tipo emocional, de los sentimientos, hacia personas ya que todo lo vería tan objetivamente y tan analizado que serían de forma inconsciente como objetos o máquinas para él, pero no sólo a las personas sino que todo lo vería como objetos y sólo acumularía datos sobre ellos, todos sus mínimos cambios imperceptibles.

Por otra parte yo creo que sí tendría sensaciones, y muchas, sobre los cambios mínimos que percibe desde él mismo y desde las cosas más cotidianas que lo rodean, y éstos serían de sorpresa y anonadamiento.

 

-Modo de vida.

 

Su modo de vida sería muy práctico o todo lo contrario.

Creo que parecería muy tranquila y holgada pero, en realidad, sería todo lo contrario: Dentro de su aparente quietud y serenidad sería muy inquieto, nervioso, taciturno, siempre alerta, pendiente de todo lo que le rodea.

Lo imagino, también, con una vida muy mecanizada, como si estuviera encerrado en un rígido horario del que no es consciente  pero que cumple exactamente, sin el menor cambio.

 

-Relaciones con los demás.

 

Lo imagino más bien algo insociable, aunque en gran parte se deba a la fama que tiene en el pueblo y esto se debe también a que al relacionarse con los demás, memoriza esas relaciones, cada gesto de la conversación, y se fija en los cambios con respecto a otras conversaciones anteriores. Sería como un espectador, no participaría en ello.

Creo que también sería solitario y silencios, aunque no necesariamente melancólico.

 

-Ideas que tiene del mundo.

 

Las ideas que tendría sobre el mundo podrían ser aquellas que proceden de sus lecturas y la comparación entre sus recuerdos.

Creo que le parecería multiforme, y  preciso e instantáneo, esto es, muy cambiante a un mismo periodo de tiempo; como una especie de máquina con muchos aspectos que cambia a un tiempo justo.

 

 

III. ¿Puede ser Funes una caricatura de una visión radicalmente empirista de la realidad?

 

Sí, puede ser una caricatura de una visión radicalmente empirista

 

¿ Por qué?

 

Funes sería esa caricatura porque éste sólo ha adquirido conocimiento a partir de sus recuerdos que son su propia experiencia, y no conoce más de lo que éstos exceda, que es lo que dice el empirismo.( Sólo adquirimos conocimientos a partir de la experiencia de los sentidos).

 

 

IV. ¿Qué es el empirismo?

 

La definición groso modo podría ser que el empirismo es una corriente filosófica del siglo XVII cuyo principal autor es Hume y que propone que en el conocimiento no podemos ir más allá de la experiencia (delos sentidos) y que es la filosofía contraria al racionalismo.

Sin embargo, existen dos corrientes empiristas con definiciones, por tanto, diferentes.

La primera es la menos radical y se define como corriente psicológica y epistemológica que sólo acepta como válido  en el conocimiento los elementos que proceden de la experiencia interna, que es la reflexión, y de la experiencia exterior, que es la sensación.

La postura más radical rechaza la experiencia interna como válida para adquirir conocimiento afirmando que en ella sólo hay sensaciones brutas o transformadas, por lo que sitúa la experiencia externa como única fuente de conocimiento. A esta postura se le denomina también sensualismo.

 

 

 

 

V. Principales autores empiristas.

 

El empirismo fue una filosofía desarrollada por pensadores británico el primero de los cuales fue Locke, que ya planteó sus tesis en el siglo XVII; tras él, ya en el siglo XVIII, dos filósofos, Berkeley y Hume, llevaron el empirismo a posturas más radicales y extremas.

·   Locke.  John Locke. Nació en Wrington en 1632 y murió en Oates en 1704. Sus ideas liberales le llevaron a oponerse al absolutismo de los Estuardo, por lo que abandonó su país- al que no regresó hasta la revolución de 1668- y residió en Francia y en Holanda. Es el iniciador del empirismo. Sus principales  obras son : "Carta sobre la tolerancia"(1689),  los dos "Tratados sobre el gobierno civil" (1640), " Ensayo sobre el entendimiento humano"(1693) y "El cristianismo racional" (1695).

Como autor empirista plantea que las ideas se dividen en simples y compuestas. Las primeras provienen delas sensaciones y de las reflexiones interiores; las otras se forman por combinación y asociación de las ideas simples. El conocimiento se concreta en ideas, pero éstas no son más que representaciones que el conocimiento se hace de la realidad exterior a partir de la información recogida por la experiencia. Las substancias sólo pueden ser percibidas por sus propiedades. Ahora bien, puesto que los sentidos sólo nos informan de determinadas cualidades delas cosas, pero no de la sustancia o de la estructura que sustenta esas cualidades, habrá que deducir que existe una realidad distinta que no es posible conocer. El único conocimiento cierto es la propia existencia. Estas ideas las expone en el ya mencionado "Ensayo sobre el entendimiento humano" (1693).

Locke también disertó en el ámbito político. Es el iniciador del liberalismo moderno: atribuye al Estado (surgido de la libre convención recíproca) la obligación de proteger los derechos –de propiedad y de libertad- de los súbditos y propugna la separación del poder legislativo del judicial.

·   Berkeley. George Berkeley. Nació en Thomastown en 1685 y murió en Oxford en 1753. Hizo viajes por Francia, Italia y España en el periodo de 1713 a 1720. Fue nombrado obispo anglicado de Cloyne en el año 1734. Es considerado precursor de Kant y uno de los más originales y agudos metafísicos ingleses. Sus obras principales son: "Tratado sobre los principios del conocimiento humano" (1710), "Diálogos ente Hylas y Philanous"(1713) y "Alcifrón"(1732).

En cuanto a sus teorías empiristas, retomó las conclusiones de Locke para negarlas con una original teoría, según la cual, las ideas no son representaciones (incompletas) de las cosas reales, sino que las cosas reales son simplemente ideas.

En sus sistema llamado "idealismo subjetivo", con muy sutiles argumentos, lleva al espiritualismo a su más radical afirmación. Llegando a negar la realidad del mundo material, reconoce tan sólo la existencia del espíritu. Las cosas, en su teoría, existen únicamente en cuanto son percibidas por un espíritu: "Ser es ser percibido" (esse est percipi). De esta forma, el mundo es tan sólo el idioma en que Dios habla al espíritu de los hombres. Frente al espíritu finito del hombre, Dios, espíritu infinito, es el autor en nosotros de toda percepción.

·   Hume. David Hume. Nación en 1711 en Edimburgo y murió en el mismo lugar en 1776. Tras estudiar derecho, realizó un viaje a Francia (1734-1737). Volvió a Londres y fue, más tarde, conservador de una biblioteca de Edimburgo (1752-1769). Nombrado secretario de embajada en París (1763), alternó con los enciclopedistas, sobre todo con Rousseau, aunque pronto surgiría divergencias entre ambos. Regresó a Londres, donde fue subsecretario de Estado (1767-1769). Sus obras más importantes son: "Tratado sobre la naturaleza humana" (1739-1740) , "Ensayos morales y políticos" (1741-1742), "Ensayos sobre el entendimiento humano" (1748), "Investigación sobre los principios de la moral" (1751), "Disertaciones políticas" (1752), "Historia de Inglaterra" (1754-1762) y "Diálogos sobre la religión natural" , publicada póstumamente en 1779.

Hume fue más lejos con sus teorías, pues no sólo consideró que sólo se conoce por la experiencia y de manera limitada, sino que esa limitación se extiende a la imposibilidad de conocer el propio yo como ser real, o  como sustancia espiritual, quedándose éste como la simple suma de pensamientos que contiene. Esto se explica en su obra "Investigaciones sobre el entendimiento humano", donde toma como criterio para saber qué percepciones son válidas el criterio de Copia, y por e cual son válidas las ideas que copian nuestras percepciones.

Las percepciones son para Hume todos los contenidos de la mente, y éstas pueden ser de dos tipo: impresiones )sensaciones), de origen incierto (realidad extramental, identidad personal o Dios); y las ideas que son impresiones debilitadas, sólo válidas cuando son copias de impresiones.

Pero Hume no puede demostrar que las percepciones se correspondan con la realidad extramental, cae en el "Inmanentismo gnoseológico". Hume no puede solucionarlo y termina en el escepticismo, dado que duda de su existencia pues no tiene impresiones directas del yo sustancial o alma y tampoco de Dios.

Por lo que el universo queda para Hume reducido a una serie de fenómenos que no tiene por qué ser apariencias do otra realidad más real, y tampoco llega a la idea de Dios, como había hecho Derkeley y Locke, justificándola como causa ya que Hume no accede a la metafísica porque su pensamiento niega la posibilidad de acceder a la propia física (realidad), como ya se ha explicado antes.

 

Otro autor empirista que merece señalarse es Condillac, que ya no es británico sino francés.

·  Condillac. Étienne Bonnot de Condillac. Nació en Grenoble en 1715 y murió en la abadía de Flux en 1780. Fue preceptor del duque de Parma, nieto de Luis XV. Entró a formar parte de la Academia Francesa en 1768 y mantuvo relaciones con Rousseau, Diderot y Duclos. Introdujo el empirismo en la filosofía francesa de la Ilustración. Sus obras más importantes son :"Origen de los conocimientos humanos" (1746), "Tratado de las sensaciones"(1754) y "Las relaciones entre el comercio y el gobierno" (1776).

En su sistema filosófico, reconoce solamente a sensación como fuente del conocimiento. En nuestros fenómenos internos todo es sensación, bien primitiva o bien transformada. Para mejor demostrar su teoría, imagina una estatua organizada como nosotros, la cual, a medida que, comenzando por el olfato, se la va dotando de los diversos sentidos, adquiere con ellos deseos, pasiones, juicio, todo, en fin, cuanto puede haber en el corazón, la fantasía, la voluntad y el entendimiento del hombre.

 

 

VI. ¿Es importante para la vida el olvido?

 

Yo creo que el olvido sí es importante para la vida porque os permite progresar y mirar hacia delante con nuevas expectativas , ya que con éste se postergan los perjuicios.

 

 

 

 

VII. ¿Por qué dice Borges que Funes no era muy capaz de pensar?

 

Porque sólo acumulaba datos pero no reflexionaba sobre ellos, no extraía conclusiones o consecuencias de ellos y porque su mente estaba tan desarrollada que no podía pensar (ni vivir), esto es, sólo tenía memoria, no pensamiento.

 

 

VIII. A partir de la pregunta anterior intenta definir el pensamiento frente a la memoria.

 

El pensamiento sería la facultad de reflexionar o extraer conclusiones o consecuencias a partir de unos datos o ideas mientras que la memoria sería la facultad de acumular datos, ideas, conocimientos o recuerdos.

 

Ante del partido- Logicomix la historia de Bertrand Russel en historieta ..



 

Y también el partido de la Copa del Mundo de Filósofos que ganó Grecia jutamente contra Alemania, así que es posible ganarle a Alemania...Lástima que Argentina no cuenta con el equipo de filósofos griegos...

La "Novela Gráfica" o "Graphic Novel" Logicomix es sobre la vida de Bertrand Russel, no se si se editó en español, sería una pena que no se haya hecho...Cuenta toda la aventura de Russel en lógica, su desafío a Frege, pero también su historia personal, con algunas "libertades" pero quién no puede tomárselas...

""Este no es un cómic sobre lógica ni sobre matemática, es una historia. Narra (imprecisamente) la vida y obra de Bertrand Russell, cruzandose en el camino con: Gottlob Frege, Georg Cantor, Henri Poincaré, David Hilbert, Alfred Whitehead, Ludwig Wittgenstein, Kurt Gödel y varios mas. A mi me gustó mucho, supongo que a cualquier persona que sea medianamente apasionado sobre el tema le va a interesar. Aún a alguien que no tenga idea no se va a perder de nada, no se detiene demasiado a hablar de lógica, ni de matemática, ni teoría de conjuntos, etc. porque no trata de eso el comic, sino de la vida misma de un genio como Russel"

Acá dejé el enlace y los goles de la Copa del Mundo de Filósofos ganada por Grecia:

http://librosg.blogspot.com/search/label/logicomix

Si alguien sabe si Logicomix se editó en español avisen!!...Y que gane el mejor, aunque con Arquímedes como delantero estaríamos un poco mejor...

E.G>

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biblioteca de filosofía y política


no tengo el eMule,

pero ¡Viva Plotino!


¡Abajo el aletargante de neuronas del Newage!



Por cierto, ¿alguien podría poner estas joyas en otro lugar de descarga?

mi disco duro está a minimos y no puedo instalar más programas....

buenos días y besos a todos



El 2 de julio de 2010 01:08, Maria Cristina <mahepb@argentina.com> escribió:

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>
> Hace algunas semanas, buscando por el eMule, descubrí atónito que las
> recopilaciones de filosofía y política eran bastante escuetas. En un
> arrebato de altruismo, decidí crear una recopilación decente de textos
> filosóficos y acabé ampliandola con textos políticos de todo espectro.
> Tras dos semanas de duro trabajo, recopilando de aqui y alli, el resultado
> es una biblioteca bastante decente con mas de 800 títulos y varios autores
> con su obra completa incluida. También he metido diccionarios de filosofía
> (incluido el diccionario Herder en CD), escritos sobre la historia de la
> filosoffía en general, esquemas, una cronológica, textos religiosos básicos
> y fuentes clásicas para windows (griego actual, griego clásico, hebreo,
> latín, árabe actual, árabe clásico y muchos más). Todo comprobado y retocado
> para comodidad del internauta.
>
> Ya saliéndome de la explicación técnica sobre mi archivo, creo que nuestra
> sociedad actual, más que nunca, necesita de la filosofía para despertar de
> su adoctrinamiento capitalista en la que esta inmersa. Escapar de ese
> pensamiento único que mueve nuestro primer mundo, arrancarse las cadenas en
> la sesera para comenzar a pensar por uno mismo y huir perdiendo el culo del
> estado de interpretado, en el que ignoran que están escupiendo cual cotorras
> las ideas que unos pocos quieren que piense la masa. Es la mayor utopía
> jamás concebida, que todo el mundo sea sabio, pero por soñar que no sea.
> Comparte, difunde y culturiza al prójimo; no creo que haya mucho más que
> decir.
>
> Enlaces en:
>
> http://tinyurl.com/27zwt7d
>
> http://www.escritorpirata.es/ensayos/bibliotecafilosoficopolitica.html
>
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> [Se han eliminado los trozos de este mensaje que no contenían texto]
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"Cinco antiguos espejos en nuestras relaciones:
Primer espejo: reflejos del momento.
Segundo espejo: reflejos de lo que juzgamos ser el momento.
Tercer espejo: reflejos sobre lo que hemos perdido, dado, o lo que nos ha
sido arrebatado.
Cuarto espejo: reflejos de nuestra noche oscura del alma.
Quinto reflejo: reflejos sobre nuestro mayor acto de compasión."
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  http://nopedirlg.blogspot.com/search/label/lg2
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jueves, 1 de julio de 2010

biblioteca de filosofía y política



 

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Hace algunas semanas, buscando por el eMule, descubrí atónito que las recopilaciones de filosofía y política eran bastante escuetas. En un arrebato de altruismo, decidí crear una recopilación decente de textos filosóficos y acabé ampliandola con textos políticos de todo espectro.
Tras dos semanas de duro trabajo, recopilando de aqui y alli, el resultado es una biblioteca bastante decente con mas de 800 títulos y varios autores con su obra completa incluida. También he metido diccionarios de filosofía (incluido el diccionario Herder en CD), escritos sobre la historia de la filosoffía en general, esquemas, una cronológica, textos religiosos básicos y fuentes clásicas para windows (griego actual, griego clásico, hebreo, latín, árabe actual, árabe clásico y muchos más). Todo comprobado y retocado para comodidad del internauta.
 
Ya saliéndome de la explicación técnica sobre mi archivo, creo que nuestra sociedad actual, más que nunca, necesita de la filosofía para despertar de su adoctrinamiento capitalista en la que esta inmersa. Escapar de ese pensamiento único que mueve nuestro primer mundo, arrancarse las cadenas en la sesera para comenzar a pensar por uno mismo y huir perdiendo el culo del estado de interpretado, en el que ignoran que están escupiendo cual cotorras las ideas que unos pocos quieren que piense la masa. Es la mayor utopía jamás concebida, que todo el mundo sea sabio, pero por soñar que no sea.
Comparte, difunde y culturiza al prójimo; no creo que haya mucho más que decir.
 
Enlaces en:

http://tinyurl.com/27zwt7d
 
http://www.escritorpirata.es/ensayos/bibliotecafilosoficopolitica.html


 

 



 





 
 

martes, 29 de junio de 2010

Schizophrenia



Siegfried Kasper, George N. Papadimitriou, "Schizophrenia"
Informa Healthcare | 2009-09-30 | ISBN: 1420080040 | PDF | 386 pages | 2,8 MB

Edited by Siegfried Kasper, current president of the World Federation of Societies of Biological Psychiatry, and featuring an international list of world-renown contributors, Schizophrenia, Second Edition provides psychiatrists, neurologists, and psychologists with a comprehensive and concise handbook on the latest schizophrenia research and management from diagnosis through treatment.

http://uploading.com/files/8ed47dea/1420080040Schizophrenia.rar/


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Negligencia conceptual de la psiquiatría - Jerome C. Wakefield



 
Víctor Zamora
"...siempre seguí la misma dirección, la difícil,
la que usa el salmón..."

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